[…] Introducción

De esta forma, la búsqueda de soluciones a problemas estructurales de los países  terminan subordinándose a la lucha por la legitimidad de las vocerías. En la estrategia política se prioriza la destrucción de la imagen de los adversarios y la construcción de un discurso que suene bien a oídos de la mayoría aunque esté vaciado de argumento técnico y de acciones efectivas. Estás prácticas tienen como objetivo único conservar el estatus que proporciona el poder aunque sus practicantes para justificarse argumentan en el fuero interno que son necesarias mientras ejecutan lo que verdaderamente marcará su periodo de gestión.

En definitiva, la lucha política termina siendo una sucesión de batallas comunicacionales orientada a ganar credibilidad en la mayor parte de la población aunque paradójicamente se usen medias verdades o mentiras completas como herramientas de convicción.

En consecuencia, a través de los medios de comunicación se difunden las supuestas verdades que generalmente son funcionales al statu quo, es decir, a los intereses de quienes ostentan el poder político y/o económico. Existe un cerco mediático permanente a las ideas transformadoras que desafíen los privilegios de los grupos que históricamente se han beneficiado del poder, sin embargo, este cerco se rompe cuando la inconformidad social es incontenible, cuando se acumulan frustraciones sociales y el hartazgo generalizado con lo vigente provoca un desesperado anhelo de cambio que es catalizado por personajes que muestran un camino esperanzador a la población.

En este contexto, desde siempre el acceso a los medios de comunicación y el control de sus contenidos es lo más trascendente en la guerra por el poder porque quienes logran incidir sistemáticamente en la opinión pública tienen la capacidad de estructurar un sistema de creencias colectivas que en un última instancia determina el pensamiento de los miembros de la sociedad y su comportamiento.

La realidad no es la que es sino la que nos hacen creer que es y la mayoría de políticos operan en busca de conservar o acceder a espacios de poder para lo que dedican el grueso de su tiempo a intentar posicionar en el imaginario colectivo, a fuerza de repetición de estribillos carentes de sustento técnicos o evidencia empírica, una supuesta  verdad funcional a sus intereses.

Si  la “felicidad es la congruencia entre lo que se piensa, se dice y se hace” como leí en en un muro de una escuela de Bután, país pionero en el uso del Producto Interno Bruto de la Felicidad como indicador de desarrollo, entonces en la política existe mucha gente infeliz aunque para no sonar tan duro diré mejor carente de felicidad.

Efectivamente, las comparecencias públicas de políticos con aspiraciones electorales o que ocupan cargos públicos se preparan para que se diga solo lo que se define como “políticamente correcto” aunque esto no corresponda a lo que realmente piensa y hace el personaje. Las aseveraciones de los políticos en los medios de comunicación apelan a la emoción de los ciudadanos; es decir, dicen lo que ellos creen que la gente quiere escuchar para despertar simpatía que la canalizan al logro de sus objetivos personales.

El mayor desafío de la comunicación política es construir un relato suficientemente creíble para que la gente respalde los postulados del protagonista de ese relato aunque esos postulados no sean funcionales a sus intereses; un ejemplo claro de efectiva comunicación política es el radical rechazo que despierta en ciertos sectores de la clase media latinoamericana el establecimiento de impuestos redistributivos, como a las herencias o al patrimonio, cuando la afectación de la medida sería fundamentalmente para una minoría en la que se concentra el ingreso nacional. Para referencia del lector, en el Ecuador, por la presión social de las clases medias el presidente Rafael Correa tuvo que retirar un proyecto de Ley que gravaba las herencias con tasas sustancialmente menores a las establecidas desde hace décadas en Europa.

Para lograr este comportamiento de la gente pobre es necesario que crean que algún día se llegará a la posición del que tendría que pagar impuestos y que las recaudaciones benefician solo a funcionarios corruptos. Entonces el relato es sencillo, es cuestión de alimentar la esperanza mostrando un par de casos excepcionales de personas que amasaron fortuna saliendo de lo más bajo de la escala de ingresos y evidenciar unos cuantos casos de corrupción. No importa que por cada persona que logró acumular riqueza existan decenas de millones que por más esfuerzo que hacen nunca mejoran su situación y que por cada funcionario corrupto existan miles de honestos. Otra vez la casuística como argumento madre…

En defensa de nuestra felicidad es importante conocer los relatos de los políticos para que cuando nos corresponda tomar decisiones lo hagamos con conocimiento de causa.

Durante los últimos dos siglos de la historia de la humanidad se configuró la creencia universal de  que el  progreso de los pueblos está asociado al incremento de su bienestar material y de esta manera el crecimiento del producto interno bruto -PIB- se convirtió en el mayor de los objetivos de los países, nuevamente la gran disputa está en cómo lograrlo; las respuestas son diversas y las personas se juntan alrededor de ellas para tratar de imponerlas a la sociedad, aparecen las agrupaciones políticas que se ubican entre la extrema derecha y la extrema izquierda en virtud de su cercanía a postulados asociados al individualismo absoluto o al colectivismo total, debilitados los extremos  parecería que las respuestas tienen distintas dosis de individualismo y colectivismo.

De esta forma, la misión primaria de los grupos asociados a lo que denominamos  derecha es maximizar las utilidades de los capitalistas mientras que la izquierda busca maximizar la igualdad o equidad, la derecha promueve el egoísmo o la codicia como impulsor de la actividad económica mientras la izquierda argumenta a favor de la solidaridad, la derecha piensa que la acción individual es suficiente para garantizar los derechos mientras que la izquierda promueve la acción colectiva como instrumento fundamental, la derecha no tiene ningún prejuicio ético en basar la competitividad de un país en la explotación laboral mientras la izquierda busca subordinar el capital al desarrollo del ser humano.

Estas visiones distintas están en permanente confrontación en el mundo y son evidentes, en los procesos electorales de América Latina; es probable que el mayor logro del auge del progresismo en la última década haya sido evidenciar esta disputa y demostrar que es posible generar ciertos cambios en el modelo capitalista para avanzar en justicia social; por esta razón, incluso en países como Colombia con una tradición conservadora un candidato de izquierda como Gustavo Petro logra niveles de aceptación inconcebibles hace un par de décadas.

Así, ahora es normal que en las contiendas electorales aparezcan con opciones candidatos con postulados antagónicos.

De un lado, el  candidato o los candidatos de la derecha defienden la idea de que el desarrollo es producto de las libertades económicas que se otorgan a los capitalistas para que la famosa “mano invisible” haga una óptima asignación de recursos que terminaría fortaleciendo el aparato productivo, en consecuencia, se generaría empleo, el empleo proveería de ingresos a los trabajadores, los ingresos impulsarían el consumo y el ciclo virtuoso se repetiría, logrando supuestamente cada vez mayores niveles de bienestar. La propuesta se sintetiza en menos Estado, menos regulación, más ganancias para los capitalistas para que las reinviertan asumiendo que la suma de egoísmos (competitividad empresarial) crearía la sinergia suficiente para construir sociedades prósperas; en este contexto los  “evangelistas” neoliberales levantan con furia su voz para predicar en contra de la política tributaria porque, según ellos, limitaría la posibilidad de acumulación al “extraer dinero del bolsillo” de los capitalistas que lo sabrían administrar mejor que el Estado.

Del otro lado, están los candidatos progresistas que defienden la acción del Estado para corregir las fallas estructurales de la economía e igualar las oportunidades para toda la población;  proponen garantizar los derechos básicos de todos los ciudadanos para lo que se requiere de políticas de distribución y redistribución del ingreso esto amplía la demanda agregada interna, lo que impulsa el consumo, en consecuencia, con una estrategia arancelaria  adecuada se estimula la expansión del aparato productivo nacional, si a esto se suma un Estado que invierte en sectores estratégicos para reducir los costos de producción privados entonces se logra competitividad sistémica que posibilita la operación de un círculo virtuoso de crecimiento económico con equidad.

El marketing político de la derecha encuentra oídos en buena parte de la clase media que se deja seducir por el placer que podría generar el incremento del consumo en el corto plazo como consecuencia de la reducción de impuestos o por el temor de que si algún día son ¨ricos¨ alguien les pueda ¨ privar ¨  de disfrutar de una parte de lo ganado; también receptan el mensaje ciertos sectores populares esperanzados en la oferta de empleo que generarían quienes toda su vida supuestamente lo hicieron en el sector privado.

En definitiva, en el ámbito político el neoliberalismo aprovecha la sensación de bienestar que a la clase media le provoca la ilusión de la libertad económica personal para cristalizar en el largo plazo el sueño estereotipado de éxito occidental, mientras que en el corto plazo le ofrece ¨muestras gratis¨ de placer por el consumo si se reducen los impuestos.

La derecha ha sido muy exitosa apropiándose de conceptos como la libertad o la independencia individual en desmedro de la idea de solidaridad y de la seguridad derivada de la acción colectiva;[1] de esta forma, propone la liberación del individuo mediante el desmantelamiento del Estado, la consecuente desregulación económica y el desmontaje de los sistemas redistributivos de la renta pero además promete seguridad de todo tipo a las élites dueñas de capital.

Lo que escapa a la percepción de una parte de la ciudadanía son las privaciones generales derivadas de la inequidad y de la ausencia del Estado, por ejemplo, con algo más de ingreso y sin aranceles se puede comprar el celular  con la mayor tecnología incorporada pero no se garantiza  seguridad cuando se lo usa en la calle, con algo más de ingresos y sin restricciones a la circulación se puede comprar el auto último modelo para cada hijo pero no se garantiza respirar aire puro en las ciudades y, además, de circular en calles o carreteras que eviten el daño de los “tesoros” recién adquiridos; con algo más de ingresos se puede viajar a Miami de compras pero no se garantiza disponer de educación pública de calidad; con algo más de ingresos…

En consecuencia, los postulados neoliberales se constituyen en una suerte de espejismo social, el político neoliberal puede seducir creando la ilusión de que en el futuro todos vivirán mejor y vivir mejor significa asumir los patrones de consumo de las clases sociales altas pero probablemente el final no es el mismo que el que presentan las industrias culturales a través de películas como las de Disney o de telenovelas como las de Televisa y Venevisión.

En este contexto, se constituyó en desafío del progresismo demostrar que la solidaridad es más efectiva que el egoísmo para construir sociedades prósperas que satisfagan adecuadamente las necesidades materiales de todos sus miembros pero además  colmen su espíritu con sensaciones positivas que reemplacen la angustia existencial que el vértigo del alto consumo imprime en las sociedad competitivas de la actualidad; desde esta perspectiva se hizo imperativo sumar a los criterios objetivos de bienestar material, otros subjetivos de “bien ser” como una dimensión de realización del individuo y “buen vivir”, como una expresión de convivencia social justa e igualitaria.

La riqueza subjetiva correspondería a un salto enorme en relación al concepto de riqueza convencional, porque recupera la idea del buen vivir por sobre el bienestar económico/financiero, aunque no lo excluye; asume cuestionamientos filosóficos en relación a los motivos para existir y encuentra respuestas en un profundo sentido solidario del tránsito por la vida.

El llamado Socialismo del Siglo XXI que tuvo enorme relevancia en las primeras décadas del milenio en  América Latina, en la práctica lo que pretendió es impulsar la modernización del capitalismo mediante el establecimiento de relaciones más equitativas entre el capital y el trabajo; es decir, de lo que se trató es de darle un rostro humano al sistema capitalista vigente

En consecuencia, en un revolucionado sistema de creencias y valores los “renunciamientos” individuales que probablemente se deban hacer serían más que compensados por la seguridad que el grupo proporciona para vivir bien; por ejemplo: pago impuestos y cada vez hay menos niños desnutridos en mi país, pago impuestos y la educación pública mejora permanentemente, pago impuestos y las universidades locales se convierten en referentes internacionales,  pago impuestos y la atención en los hospitales públicos provoca tranquilidad, pago impuestos y tengo espacios públicos para disfrutar seguros con la familia, pago impuestos y uso menos mi vehículo personal porque el transporte público es excelente, pago impuestos y viajo por carreteras extraordinarias,  pago impuestos y tengo la energía más barata del mundo, etc.

Entonces se defiende una contundente acción del Estado, primero como principal garante de los derechos fundamentales a la salud y educación, segundo como promotor activo de la transformación productiva; esta fue la clave del éxito de los países que  dieron el salto al desarrollo y su población hoy se declara satisfecha con la vida.

En ese camino hacia el desarrollo y al “estado de grata satisfacción espiritual y física” como define la Rael Academia de la Lengua a la felicidad, serán necesarias transformaciones profundas lo que demanda de la implementación sistemática de acciones orientadas a lograr objetivos de largo plazo, es decir,  se requieren políticas de Estado que trasciendan a los gobiernos.

Para consolidar estas políticas de Estado es necesario que los objetivos de largo plazo sean compartidos por la mayoría de la población y generen un entusiasmo generalizado que motive la acción colectiva para alcanzarlos, es decir, se requiere lo que se denomina ilusión movilizadora.

Lastimosamente, en el Ecuador y en casi todos los países de América Latina no hemos logrado establecer ilusiones movilizadoras que se sostengan en el tiempo para generar políticas de Estado y capacidad ejecutiva para que la acción de gobierno sea efectiva en su implementación; quizá en la ausencia de esa visión de largo plazo se encuentren las causas que determinan la falta de eficiencia y eficacia del aparato estatal.

¿Qué “organización” puede ser eficiente y eficaz si cada vez en cada cambio de autoridad se cuestiona todo lo anterior y se pretende comenzar desde cero? Este es el drama de la administración pública en países sin un proyecto nacional, se pretende reinventar el mundo cada vez que se produce un relevo y en la práctica solo se alimenta el statu quo.

En el mundo de la política generalmente no se sabe con precisión cuáles son los objetivos buscados en un periodo de gobierno, los discursos tienden a confundirnos y la memoria social termina siendo frágil. Es indispensable, cambiar la cultura política lo que demanda sembrar sueños colectivos inspiradores y transformarlos en objetivos que deben ser perseguidos en cada periodo de gobierno. Se requiere planificación de largo plazo y que existan planes operativos de corto plazo para implementar acciones orientadas a avanzar a hacia las metas propuestas.

Si verdaderamente pretendemos cambiar la realidad actual es fundamental consolidar una agenda estratégica de transformación inspirada en una verdadera revolución cultural que rompa los patrones de creencias y valores que nos han impuestos y responda a las siguientes preguntas: ¿para qué trabajamos? ¿por qué lo hacemos? ¿qué haremos? ¿cómo y cuándo lo implementaremos?

A partir de las respuestas a estas preguntas se puede definir un clara estrategia de  desarrollo que solo podrá ser efectiva si responde al interés mayoritario y se produce una apropiación social de la agenda transformadora de manera que se puedan sostener en el tiempo políticas públicas congruentes con los objetivos de largo plazo; cuando no existe tal apropiación social lo más seguro es que los planes queden como meras declaraciones de buenas intenciones abandonadas en función de las demandas coyunturales de los poderes fácticos para quienes es relativamente fácil hacer que prevalezcan sus intereses.

En este sentido, podemos lograr amplio consenso si decimos que los gobiernos deben trabajar para crear las condiciones de entorno adecuadas para que los habitantes de un país puedan alcanzar la felicidad porque el fin último de la política debe ser elevar la calidad de vida de la población y para el efecto, a la luz de la experiencia de los países más felices del mundo, deberíamos exigir a los gobernantes: lograr crecimiento económico minimizando las brechas sociales y disminuir sistemáticamente los riesgos que puedan atentar contra nuestra integridad física o sicológica.

En este contexto, el desarrollo será consecuencia del incremento de las capacidades productivas, de la adecuada distribución de los medios de producción y de la riqueza generada,  así como, del fortalecimiento de un sistema de creencias y valores colectivos que  promueva la realización del individuo en virtud del sentido que le da a su vida más allá de sus posesiones materiales.

FelicidadEC explora el potencial desarrollo del Ecuador y de América Latina desde esta perspectiva amplia; analizaremos cómo las políticas públicas y la promulgación inciden en la satisfacción con la vida de las personas considerando aspectos objetivos y subjetivos.

CONTINÚA CON TU LECTURA LA PRÓXIMA SEMANA….

 

[1] Batman, Zigmund. Tiempos Líquidos: Vivir en una época de incertidumbre. Tusquets Editores S.A, 2010.

Publicado por

AXEA65

Yo soy hecho en Ecuador. Soy de razón y de pasión de soñar y realizar. Asambleísta Nacional. Función anterior: Ministro de Educación.

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